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sábado, 12 de septiembre de 2026

Paul Lafargue; «El dinero» de Zola, 1891

La siguiente es una recopilación de escritos sobre la tendencia literaria del naturalismo analizados desde una óptica marxista: 

1) Paul Lafargue; «El dinero» de Zola» (1891); 

2) Plejánov; «Arte y vida social» (1912);

3) Lina Blumfeld; «El naturalismo», (1934); y 

4) Alfred Uçi; «Laberintos del modernismo: crítica de la estética modernista» (1978).

Esta resulta especialmente interesante en tanto que el naturalismo se fraguó a nivel artístico presentándose con gran afán de originalidad, en teoría, basándose en nuevos descubrimientos científicos. Sin embargo, acabó incurriendo en los mismos vicios y limitaciones que sus predecesores: a) el lenguaje lejos de ser una herramienta para reflejar la realidad y vislumbrar una nueva, se usó para crear nuevos estilos y juegos lingüísticos; b) a falta de un conocimiento sólido del material de estudio, se contentó por plasmar lo aparente e intentó impresionar al lector con un descriptivismo de los paisajes y personajes que resulta tan increíble como insulso; b) popularizó el embelesamiento de lo horripilante, patológico y anecdótico que tanto gustó a los románticos, decadentes, morbosos y espíritus lastimeros en general; c) para intentar explicar las pasiones nobles o cuestionables de sus personajes cayó preso de un fatalismo del ambiente o hereditario; d) en suma, equiparó lo social y lo biológico a través de un fisiologismo y un materialismo mecanicista tan propio del positivismo y el darwinismo social.

Lo que debe la novela a Émile Zola

«Una manía encantadora e inocente corre rampante en el clan de los escritores parisinos: cada uno de ellos se considera creador de un nuevo género literario, uno en el terreno del lirismo, el otro en el de la novela; todo el mundo tiene derecho a ser director de escuela; cada uno es considerado a sus propios ojos tan original que él mismo se sitúa en las antípodas de todos sus honorables colegas. Sin embargo, a estos señores les une estrechamente el desprecio con el que honran recíprocamente las obras de genio de los demás y el miedo a que se ponga en duda su pretensión de originalidad. Cuando se dirigen entre sí, no dejan de referirse unos a otros como «maestros», con la mayor cortesía y la mayor seriedad. Los hermanos Goncourt, tan hábiles en el arte de la escritura aburrida, creen que la Academia oficial es demasiado pequeña para contener a todos los genios en busca del espíritu que vagan por las calles, y fundaron junto al «Teatro libre» de Monsieur Antoine, y a su imagen, una fábrica libre de «inmortales». ¡Le dotaron de una suma que, por cierto, sólo debe pagarse después de su muerte!

Para ganarse los laureles con los que ellos mismos coronan sus cabezas −los mejores elogios son los que se dirigen a uno mismo−, letristas y novelistas no se han cargado con un incómodo bagaje de pensamientos y reflexiones originales, ni siquiera se han molestado en crear una nueva forma literaria. El público en general, cuyos aplausos y dinero en efectivo codiciaban estos caballeros, no debería desconcertarse ni sorprenderse por la originalidad: se contentaba con cultivar las formas utilizadas y vestidas por sus predecesores. La historia verá en la absoluta falta de imaginación la característica más destacable de los «líderes» de las diferentes «escuelas» contemporáneas. Todos sus esfuerzos y sus aspiraciones se limitaban a quitar del verso y de la novela −en cuanto al drama habían sido expulsados de los teatros a silbatos por el público− el entusiasmo juvenil y la fantasía desbordante que hacían el encanto del romanticismo de 1830: en su lugar, ofrecieron muestras de sus pacientes y esfuerzos dolorosos. Nos dieron una literatura de magistrados aburridos y sucios.

Lenin discutiendo con Noskov sobre el capital humano disponible para acometer las tareas de «Iskra»

La siguiente carta de Lenin trata de un tema cotidiano, sobre problemas comunes en el trabajo organizativo y centrada en mejorar a los individuos, corrigiendo sus malos hábitos y el caos reinante en su proceder político, para así no sumir en la anarquía también a aquellos con quienes se coordina. Tanto a aquellos que hayan vivido las dificultades de lidiar con perfiles problemáticos, como a quienes adolezcan de los vicios o defectos descritos, les será de gran utilidad conocer la actitud que exigía Lenin para corregir a sus allegados. 

Daremos un brevísimo contexto al lector, la carta data de 1902, época en la que el periódico «Iskra» estaba construyendo los cimientos del futuro Partido Bolchevique, constituido en 1903. Lenin, como parte del consejo de redacción, ya tenía una gigantesca carga de trabajo a sus espaldas, siendo el segundo redactor del periódico que más artículos aportó a este. Aquello no impedía a algunos de sus camaradas en reclamarle ayuda ante diversos problemas, muchas veces ajenos a su competencia y que correspondían a ellos solucionar. Aunque parezca surrealista, un Lenin lejos de Rusia, en el extranjero donde se publicaba «Iskra», debía sacar tiempo de su agenda para reiterar e insistir en aplicar las directrices contenidas en su recién publicado «Qué hacer» (1902), pues algunos «iskristas» del interior de Rusia obraban por libre. Así, por ejemplo, en 1901, sin haber pasado un año desde que empezó la publicación de «Iskra», se le sugirió a Lenin detener la publicación del periódico en todo el país para sustituirla por un nuevo periódico nuevo de alcance solo regional. Ante tal perspectiva, de dar marcha atrás con lo que costó montar un periódico para todo el país y volver a la dispersión previa, Lenin fustigó: 

«La razón de ser de la organización de «Iskra» es apoyar e impulsar el periódico y, por medio de él, unir al Partido, y no dispersar nuestras fuerzas, que ya lo están bastante sin esa organización. (…) Es absurdo y criminal dispersar fuerzas y fondos; «Iskra» no tiene dinero, sus agentes rusos no le suministran un kopek y, sin embargo, cada uno de ellos proyecta una nueva empresa que requiere nuevos fondos. Todo esto revela falta de firmeza». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)

Reflexionando sobre la situación en la que se hallaba recalcó: 

«La experiencia nos ha demostrado los pocos que somos para fundar un verdadero órgano político, qué pocos colaboradores y periodistas tenemos, qué pocas personas con vinculaciones políticas, qué pocos prácticos que se hagan cargo de la distribución y la expedición. Hay pocas personas de esta clase en Rusia, sin necesidad de que las desperdiguemos aún más y abandonemos una empresa de toda Rusia, que ya está empezada y que necesita apoyo general, para dedicarnos a fundar una nueva empresa local». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)

La solución de Lenin consistía en dos axiomas, paciencia y disciplina. Entregarse en cuerpo y alma a «Iskra», aumentar su difusión, contribuir a ella, mantener el horizonte político general por encima de las estrecheces locales y lograr con la suma de esfuerzos mejorar su regularidad, pues Lenin planeaba conseguir su publicación mensual pronto y algo más tarde la quincenal. Había que armarse de empeño, no «saltar con impaciencia de un plan a otro» y no «desanimarse por reveses temporales», no abandonando sus cometidos solo por «dos o tres fracasos» partiendo de nunca haberse intentado. El plan de impulsar la «Iskra» requería paciencia, donde seguir lo previamente acordado y mantener cada cual su compromiso daría sus frutos: «lograremos nuestro objetivo, si bien no tan pronto». 

Puesto todo el mundo sobre la misma página, ¿cuál es, entonces, la actitud personal que se ha de tomar con un cometido así? ¿Han de actuar los revolucionarios ante el órgano de expresión pasivamente, desde la distancia y tomándolo como asunto ajeno, o han de involucrarse plenamente con este para mejorar su éxito? El documento reproducido responderá a estos interrogantes.

«Usted se queja de nuestros «agentes». Quiero hablar de eso con Usted; también a mí me preocupa mucho este tema. «Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera»… Lo sé, lo sé demasiado bien, jamás lo olvido, pero esa es precisamente la tragedia −¡créame, no es exagerada la palabra tragedia!− de nuestra situación consistente en que nos vemos obligados a proceder en esta forma, en que somos impotentes para superar la desorganización que impera en nuestros asuntos. Sé muy bien que sus palabras no implican un reproche a nosotros. Pero trate de ponerse del todo en nuestro lugar y adopte una actitud que le haga decir «nuestros agentes» y no «los agentes de ustedes». Usted puede y −en mi opinión− debe adoptar esa actitud, y sólo entonces desaparecerá, de una vez para siempre, toda posibilidad de malentendidos.

Sustituya la segunda persona por la primera, vigile Usted también a «nuestros» agentes, ayude a encontrarlos, a cambiarlos y a sustituirlos y entonces Usted no hablará de la «antipatía» de nuestros agentes −ese lenguaje por fuerza ha de ser entendido: se lo considera como una expresión de alejamiento, se lo considera así en general y así lo consideran los miembros de nuestro cuerpo de Redacción que no han tenido la posibilidad de aclarar las cosas con Usted−, sino de los defectos de nuestra causa común. Hay infinidad de estos defectos y a medida que pasa el tiempo, siento cada vez más su peso. Se va acercando la hora −lo presiento− en que nos enfrentaremos de lleno con el problema: o Rusia destina su gente, designa personas para que nos ayuden y resolvamos las cosas, o… Y aunque sé y veo que se está designando a esas personas y que crece su número, eso se hace con tanta lentitud y con tantas interrupciones, y el «chirrido» de la maquinaria tortura tanto los nervios, que… a veces resulta muy penoso. 

«Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera». Sí, pero después de todo nosotros no fabricamos el «material humano», sino tomamos, y tenemos que tomar, lo que nos dan. No podemos prescindir de eso. Viaja un hombre a Rusia; «quiero trabajar para «Iskra», dice. Es un hombre honrado, fiel a la causa. Bien, parte, por supuesto, y pasa por «agente» nuestro, aunque ninguno de nosotros le haya conferido jamás ese título. ¿y con qué medios contamos para controlar a los «agentes», dirigirlos o destinarlos a otros lugares? Por lo general, ni siquiera logramos que nos escriban y en nueve casos de cada diez −lo digo por experiencia propia− todos nuestros planes respecto a la actividad futura del «agente» se convierten en humo no bien atraviesa la frontera, y el agente trabaja como Dios le da a entender. Créame, prácticamente estoy perdiendo la fe en las suposiciones, los itinerarios, planes, etc., que se elaboran aquí, porque sé de antemano que nada resultará de eso. Nos vemos «obligados» a hacer esfuerzos denodados para realizar −por falta de personas adecuadas− las tareas de otros. Para poder designar a agentes, atenderlos, responder por ellos, unirlos y dirigirlos en la práctica, hay que estar en todas partes, correr de un lado a otro, verlos a todos ellos en su tarea, trabajando. Para eso se necesita un equipo de organizadores y guías prácticos, pero no los tenemos, es decir, los hay, pero, claro, son poquísimos... Esa es toda nuestra dificultad. Resulta a menudo tan irritante comprobar nuestra falta de organización que se nos quita la capacidad de trabajo; el único consuelo es que si avanza −y evidentemente avanza− a pesar de todo ese caos, tiene que ser una causa vital. Ello significa que cuando haya fermentado tendremos buen vino.

martes, 23 de junio de 2026

Filosofía y arte; Alfred Uçi, 1973

El hombre: objeto de la filosofía y el arte

«La importancia científica del objeto de la filosofía y del arte es una de las premisas principales para comprender las complejas relaciones entre ambas disciplinas.

Bajo la influencia del neopositivismo, se extiende en los países capitalistas la opinión de que la filosofía solo puede conservar su función cognitiva y prestigio si se libera de los problemas humanísticos, si se ocupa únicamente de los problemas metodológicos y lógicos del conocimiento científico, si se transforma en una ciencia como todas las demás. Esta tendencia a la cientificización de la filosofía, que también apoyan muchos revisionistas actuales, ha dado a los enemigos del marxismo la oportunidad de alegar que la filosofía marxista-leninista es deficiente porque supuestamente ignora el problema del hombre y no sirve como filosofía de vida. En su opinión, la filosofía marxista puede llenar este vacío combinándose con el existencialismo, que se proclama como la única filosofía de vida en nuestros días. La filosofía siempre se ha preocupado por los problemas metodológicos y epistemológicos del conocimiento científico. La filosofía marxista-leninista les presta gran atención, especialmente hoy en día, cuando su importancia ha aumentado como resultado del rápido desarrollo de la ciencia. Pero la filosofía, y aún menos la filosofía marxista-leninista, nunca ha limitado su objeto únicamente a los problemas epistemológicos del conocimiento; ha cumplido la función de una cosmovisión, ha sido una disciplina humanista, una filosofía de la vida, porque el problema de la relación del hombre con el mundo ha estado en el centro de su atención. Ninguna ciencia individual puede reemplazar a la filosofía, complementar su función de comprender el mundo ni proporcionar ese tipo de conocimiento integrado que la filosofía nos brinda.

Como concepción del mundo en su conjunto y del lugar del hombre en él, la filosofía también aspira a orientar la actitud del hombre como ser social, su actividad práctica y teórica, su comportamiento y sus ideales sociales. La filosofía no es solo un ideal epistemológico y un mero ejercicio intelectual, sino también un profundo razonamiento sobre los problemas que más preocupan al hombre, un ideal de su comportamiento y actitud prácticos, una programación social de las más diversas actividades humanas. La filosofía siempre ha tenido un fuerte significado socioemocional subyacente. No existe ni puede existir una concepción filosófica, fría, indiferente y apática sobre los problemas y preocupaciones del hombre. Todo esto es igualmente cierto con respecto a la filosofía marxista-leninista, que, además de ocuparse de los problemas metodológicos y lógicos del conocimiento, sitúa en el centro de su atención el problema del hombre, el problema de la transformación revolucionaria del mundo capitalista inhumano, la creación del comunismo. Cualquier intento de alejar la filosofía marxista de estos problemas de la vida del hombre debilita y paraliza su fuerza activa y transformadora. El camarada Enver Hoxha criticó la postura de los revisionistas modernos que han reducido la filosofía marxista-leninista a una simple lógica [1], buscando desviar su atención de los problemas sociales, del descubrimiento de aquellas condiciones socioeconómicas que esclavizan al hombre.

La comprensión de la filosofía como cosmovisión, como filosofía de vida, como disciplina humanística, permite también entender la estrecha conexión entre el arte y la filosofía. En primer lugar, el arte se acerca a la filosofía por la amplitud de la realidad que refleja. Ningún fenómeno del mundo en su totalidad −fenómenos cósmicos y de la vida, el mundo animal y vegetal, acontecimientos históricos− ha sido ajeno al ser humano. En este sentido, el arte ha proporcionado al hombre un conocimiento integral, similar al que le brinda la filosofía. Por esta razón, el arte y la filosofía ocupan un lugar en la conciencia de cada persona. Podemos afirmar que no existe nadie sin posturas filosóficas definidas, del mismo modo que no existe nadie en cuya vida el arte no haya dejado huella alguna.

jueves, 5 de junio de 2025

Corridas de toros; Mariano José de Larra, 1828


«Vous connaissez l’ horreur des spectacles affreux
Dont les romains faisaient le plus doux de leurs jeux.
Ce peuple qui donnait, par un mépris bizarre,
A tout peuple étranger le titre de barbare,
Ne repaissait ses yeux que des pleurs des mortels
Et de sang arrosait ses théâtres cruels,
Aux tigres, aux lions livrant des misérables
Il se divertissait de leurs cris lamentables;
Il exposait aux ours des esclaves tremblants
Pour en voir disperser tous les membres sanglants,
Le grave sénateur courait à ces supplices,
Et la jeune vestale en faisait ses délices.


(M. RACINE, FILS: Epître à madame la duchesse de Noailles sur l’âme des bêtes.)                


Ejercite sus fuerzas el mancebo
En frente de escuadrones: no en la frente
Del útil bruto l’asta del acebo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gineta y cañas son contagio moro;
Restitúyanse justas y torneos,
y hagan paces las capas con el toro.


(Quevedo. Epíst. satír. y censor.)                


Estas funciones deben su origen a los moros, y en particular, según dice don Nicolás Fernández de Moratín, a los de Toledo, Córdoba y Sevilla. Estos fueron los primeros que lidiaron toros en público. Los principales moros hacían ostentación de su valor y se ejercitaban en estas lides, mezclando su ferocidad natural con las ideas caballerescas, que comenzaban a inundar la Europa. El anhelo de distinguirse en bizarría delante de sus queridas, y de recibir su corazón en premio de su arrojo, les hizo, poner las corridas de toros al nivel de sus juegos de cañas y de sortijas.

Los españoles sucesores de Pelayo, vencedores de una gran parte de los reyezuelos moros que habían poseído media España, ya reconquistada, tomaron de sus conquistadores en un principio, compatriotas, amigos o parientes en seguida, enemigos casi siempre, y aliados muchas veces, estas fiestas, cuya atrocidad era entonces disculpable, pues que entretenía el valor ardiente de los guerreros en sus suspensiones de armas para la guerra, la emulación entre los nobles que se ocupaban en ellas, haciéndolos verdaderamente superiores a la plebe, y acostumbraba al que había de pelear a mirar con desprecio a un semejante suyo, cuando le era preciso combatir con él, si acababa de aterrar a una fiera más temible.

sábado, 11 de enero de 2025

La lucha de clases en Francia en 1789. Los antagonismos de clase en la época de la Revolución Francesa; Karl Kautsky, 1889

  [Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]

«Los burgueses, aquí como siempre, fueron demasiado cobardes para defender sus propios intereses, que a partir de la toma de la Bastilla la plebe tuvo que hacer todo el trabajo en su lugar, que sin la intervención de esta plebe, el 14 de julio, los días 5 y 6 de octubre, hasta el 10 de agosto y el 2 de septiembre, etcétera, la burguesía siempre hubiese sido vencida por el antiguo régimen, la coalición aliada a la corte habría aplastado la revolución, y que, en consecuencia, esos plebeyos hicieron ellos solos la revolución pero que eso no ocurrió sin que esos plebeyos se asignaran reivindicaciones revolucionarias de la burguesía en un sentido que no tenían, no llevasen la igualdad y la fraternidad a consecuencias extremas y no destruyesen completamente el sentido de esas fórmulas, porque ese sentido, llevado al extremo, se transformaría, precisamente, en su contrario». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky; 20 de febrero de 1889)

Introducción de Bitácora (M-L)

A continuación, dejamos al lector con una obra clásica de Karl Kautsky escrita en 1889, es decir, durante su primera etapa de pensamiento revolucionario y mucho antes de deslizarse por el sendero del revisionismo. Salvo la forma de citación de ciertas referencias, la cual hacía por momentos ilegible el texto, no hemos modificado en exceso las traducciones ya disponibles en castellano, en este caso la de «Alejandría Proletaria».

Hemos decidido rescatar dicho trabajo ya que explica algunos hechos sobre un evento crucial en la historia de la humanidad: la Revolución Francesa (1789-99). De hecho, la historiografía burguesa, bien sea a través de conservadores como Burke, socialdemócratas como Fuiret o republicanos liberales como Adolphe Thiers, siempre ha tratado de difundir medias verdades sobre unos temas, blanquear algunos e inventar otros tantos a fin de justificar sus proyectos presentes. Por este motivo, es menester aclarar malentendidos y clichés.

Por nuestra parte querríamos resaltar varios aspectos −algunos de los cuales Kautsky mencionó aquí y otros no fueron tratados por diversas razones−.

El absolutismo monárquico de Luis XVI ni siquiera fue compatible con los proyectos reformadores del despotismo ilustrado del siglo XVIII, por lo que ni mucho menos deseó nunca una «transición pacífica» hacia una monarquía constitucional y una división de poderes. Más bien la ineficacia y torpeza de su gobernanza le obligó a colocarse bajo una serie de circunstancias y condicionantes que poco a poco sobrepasaron al monarca. Esto, sumado a su falta de carácter, algo imperdonable en un autócrata, hizo que Luis XVI fuese cediendo ese «poder absoluto» −lo cual era ya de por sí incoherente−. Realizó todo tipo de concesiones a los constitucionalistas, restituyendo a Necker para las finanzas o aceptando el mando de tropas en el Marqués de La Fayette, prebendas que tuvo que continuar haciendo después, cuando la revolución se radicalizó. Esto último se simbolizó en actos como aceptar la primera constitución de 1791, ponerse el gorro frigio −símbolo de la revolución− o establecer su estancia en el Palacio de las Tullerías como le exigieron las masas −para que no huyera al extranjero−. Sin embargo, él y los suyos −con su hermano Carlos X a la cabeza− intentaron obstaculizar en la Asamblea Nacional Constituyente todas las tímidas medidas de reforma −con el derecho a veto del rey− y conspiraron con los emigrados y potencias extranjeras para recuperar su autoridad. 

La revolución y sus episodios más crueles entre sus contendientes no fue fruto de la «casualidad», de la «maldad del populacho», del «destino» o cualquier otra fruslería a la que se agarran los historiadores −y que realmente no explica nada−, sino que fue resultado de unas causas fácilmente investigables. Ya en los años previos hubo sonados casos de corruptelas y verdaderas crisis de subsistencia −como la Guerra de las harinas (1773)− que advirtieron a los mandatarios lo que podía ocurrir cuando a los más desdichados se les acababa la paciencia. Estos fenómenos negativos fueron paralelos a los «deberes» y aventuras que tuvo que afrontar la corona en política exterior décadas antes −Guerra de los Siete Años (1756-63) y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1776-83)−. El nefasto resultado no solo incluyó el desprestigio militar de Francia o el desalojo de zonas importantes como la India o Canadá, sino el asumir una deuda que, en lo sucesivo, resultó imposible de pagar. 

Por ende, el monarca no procuró nunca garantizar el «bienestar del pueblo», como insiste la historiografía conservadora, esto solo fue un relato que siempre se lanzó para justificar el rol parasitario del rey como un «árbitro entre las diversas fuerzas» y «padre de la nación». Fue precisamente el estilo de vida lujoso y despreocupado de las capas dominantes, así como las medidas del gobierno −que a estas representaba− lo que condujo al país a una situación crítica en lo financiero. En dicha situación los ingresos cada vez eran más insuficientes para abastecer de bienes básicos a las capas populares, conservar las colonias y competir eficazmente contra otros imperios emergentes, como el británico. Para más inri, la negativa de estos colectivos privilegiados a contribuir con los impuestos de la nación durante la convocatoria de los Estados Generales de 1789 liquida de un plumazo el presunto «patriotismo» de las «gentes respetables». Estas prefirieron mirar por su bolsillo y arriesgarse a agudizar la crisis social −como terminó ocurriendo− considerando, en su hondísima arrogancia, que el sistema no podía caer; y cuando tal catástrofe sobrevino teniendo que rogar a sus homólogos del exterior −España o Rusia−, algunos de ellos, enemigos de la corona francesa en los últimos conflictos −Austria, Prusia o Gran Bretaña−. 

lunes, 2 de septiembre de 2024

Notas y consejos de Marx y Engels a Lassalle sobre su novela histórica

 Nota de la edición: En 1859, Ferdinand Lassalle hace aparecer su tragedia histórica, «Franz von Sickingen» (1859), que envía a Marx el 6 de marzo de 1859, acompañada de una nota «sobre la idea trágica» y a Engels el 21 de marzo. 

Lassalle toma por asunto el levantamiento de la caballería contra los príncipes en el otoño de 1522 −dos años antes de la guerra de los campesinos (1524-1525). Este movimiento de la pequeña nobleza empobrecida −reaccionaria por sus fines de clase, puesto que los caballeros querían resucitar el pasado− no habría podido vencer a los príncipes de no apoyarse en la burguesía ascendente y sobre los campesinos. Pero esto era imposible, los caballeros habían emprendido su lucha, precisamente, para conservar sus privilegios. La coalición de los príncipes los aplastó, Sickingen fue mortalmente herido y su otro jefe, Ulrich von Hutten, huyó a Suiza, donde murió. 

«Tras esta derrota y la muerte de sus dos jefes, la fuerza de la nobleza, como clase independiente de los príncipes, fue quebrada. A partir de esta época, la nobleza no actúa más que al servicio y bajo la dirección de los príncipes. La guerra de los campesinos que estalló inmediatamente después, los obligó, más aún, a situarse bajo la protección de los príncipes y mostró, al mismo tiempo, que la nobleza alemana gustaba más de continuar explotando a los campesinos, bajo el dominio de los príncipes, que derribar a los príncipes y los sacerdotes por medio de una alianza abierta con los campesinos emancipados». (Friedrich Engels; Las guerras campesinas en Alemania, 1850) 

Parece singular que Lassalle haya escogido dos jefes de la caballería hacia su ocaso, y no los héroes plebeyos de la guerra de los campesinos, para escribir «la tragedia de la Revolución». Además, Lassalle, contrariamente a la realidad histórica, hace de Sickingen y de Hutten, los portavoces de la burguesía ascendente, los campeones de la unidad política de Alemania y de la lucha contra el Papado. 

Marx y Engels, que no se habían puesto de acuerdo, expresan, en sus cartas respectivas del 19 de abril y del 18 de mayo de 1859, una opinión idéntica sobre la pieza de Lassalle.

I 

Karl Marx; Carta a Lassalle, 19 de abril de 1859

«Paso ahora a tu «Franz von Sickingen». En primer lugar, debo elogiar la composición y la acción, y esto es más de lo que puede decirse de cualquier drama alemán contemporáneo. En segundo lugar, aparte de toda actitud de crítica, la obra me ha emocionado vivamente en la primera lectura y la impresión que producirá sobre los lectores, en quienes dominan más los sentimientos, será más fuerte aún. Y este es un segundo punto muy importante. Y ahora, el reverso de la medalla: primeramente −esto es puramente formal−, desde el momento en que todo está en verso, habrías podido dar a tus yambos una forma un poco más artística. Pero, al fin y al cabo, por mucho que les choque a los poetas profesionales tu negligencia, la considero, a final de cuentas, como una ventaja, porque nuestros epígonos poéticos no han guardado más que una forma cuidada. Secundariamente: el conflicto, tal como lo has concebido, no es sólo trágico; es este mismo conflicto trágico el que acarreó su pérdida al partido revolucionario de 1848-49. Sólo puedo, pues, aprobarte enteramente cuando tú quieres hacer de él el punto central de una tragedia moderna. Pero me pregunto si tu asunto estaba bien escogido para traducir ese conflicto. Balthasar puede, sin duda, creer que, si Sickingen, en lugar de disimular su revuelta bajo la máscara de una querella entre caballeros, hubiera izado la bandera de la guerra abierta contra el emperador y los príncipes, habría vencido. ¿Podemos compartir esta ilusión? Sickingen −y más o menos con él Hutten− no ha sucumbido a causa de su astucia. Ha sucumbido porque se había rebelado como caballero y representante de una clase moribunda contra lo existente; o, sobre todo, contra la nueva forma de lo existente. Si se le quita a Sickingen lo que pertenece al individuo, con su educación particular, sus disposiciones naturales, etc., tendríamos a Goetz von Berlichingen. En éste, individuo lamentable, la oposición trágica entre la caballería, de una parte, y el emperador y los príncipes, de otra, se expresa en una forma adecuada, y es por ello que Goethe tenía razón al escogerlo como héroe. En la medida en que Sickingen −y en parte Hutten mismo, aunque para él, como para todos los ideólogos de su clase, parecidos juicios deberían ser sensiblemente modificados− combate a los príncipes −porque si se dirige contra el emperador, es sólo porque el emperador de los caballeros se convierte en emperador de príncipes−, no es de hecho sino un Quijote; aunque un Quijote históricamente justificado. De su revuelta bajo la forma de una querella de caballeros, esto significa sólo que la comienza en tanto que caballero. Para comenzarla de otro modo, debería haber hecho, directamente y desde el principio, un llamado a las ciudades y a los campesinos; es decir, precisamente a las clases cuyo desarrollo significa la negación de la caballería. 

Si tu querías, pues, no reducir tu conflicto al de Goetz von Berlichingen −y esto no entraba en tu plan−, Sickingen y Hutten debían morir porque en su imaginación ellos eran revolucionarios −lo cual no puede decirse de Goetz− y, como la nobleza instruida de la Polonia de 1830, se habían hecho, por una parte, los instrumentos de las ideas modernas, y, por otra, representaban el interés de una clase reaccionaria. En estas condiciones, los representantes nobles de la revolución −cuyas frases de orden, de unidad y de libertad ocultaban aún el sueño del antiguo Imperio y del derecho del más fuerte− no deberían haber absorbido la atención hasta el punto en que lo hacen en tu obra: los representantes del campesinado −éstos sobre todo− y elementos revolucionarios de las ciudades, deberían haber constituido un fondo escénico activo muy importante. Habrías podido entonces expresar, y en un grado más elevado, precisamente las ideas más modernas en su forma más pura, mientras que ahora, al margen de la libertad religiosa, es la unidad política la que de hecho resulta la idea principal de tu drama. Debías haber shakespearizado más, mientras que ahora considero como tu mayor error la schillerización, la transformación de los individuos en simples portavoces del espíritu del siglo. ¿Tú mismo, en cierta medida, no has caído, como tu Franz von Sickingen, en el error diplomático de dar más importancia a la oposición de Lutero y de los caballeros, que a la oposición de los plebeyos y de Münzer? 

Lamento, además, la ausencia de rasgos característicos en los caracteres. Hago una excepción para Carlos V, Balthasar y Ricardo de Tréves. Y sin embargo, ¿hubo nunca una época tan rica en caracteres fuertemente señalados como el siglo XVI? Hutten representa, a mis ojos, demasiado exclusivamente el «entusiasmo», lo cual es fastidioso. ¿No fue al mismo tiempo un hombre con mucha sal, un verdadero demonio de ingenio, y no has sido, en consecuencia, demasiado injusto hacia él? 

Hasta qué punto tu Sickingen, representado por lo demás de manera demasiado abstracta, es víctima de un conflicto independiente de sus cálculos personales, se deduce de la manera en que se ve obligado a predicar a sus caballeros la amistad con las ciudades, etc., y, por otra parte, del placer que siente en ejercer él mismo el derecho del más fuerte sobre las ciudades. 

sábado, 20 de julio de 2024

Xhafer Dobrushi; Los puntos de vista antimarxistas de los revisionistas titoístas sobre la nación: Una expresión de su perspectiva idealista y reaccionaria del mundo, 1987

«Como siempre, los revisionistas titoístas continúan afirmando que, supuestamente, han abordado y resuelto la cuestión nacional en su país de una manera marxista-leninista. Por supuesto, no podría ser más falso. Los análisis científicos y materialistas del PTA y del camarada Enver Hoxha de esta peligrosa tendencia revisionista han demostrado que las teorías titoístas y sus prácticas en la nación y la cuestión nacional, como todos sus puntos de vista y posiciones sobre la teoría y la práctica del socialismo científico no contienen nada de proletario ni socialista, se desvían flagrantemente del marxismo-leninismo. Las teorías de los revisionistas titoístas sobre la noción de la nación, que expresa su perspectiva del mundo reaccionaria e idealista, sirven directamente a los intereses de la burguesía chovinista yugoslava. Son intentos de proporcionar una «base teórica» para su política burguesa, nacionalista y chovinista que se implementa en Yugoslavia y que caracteriza todo su sistema de «autodeterminación» capitalista.

La teoría marxista-leninista ha proporcionado y formulado hace mucho un concepto científico y materialista completo sobre la nación. Partiendo de los principios fundamentales establecidos por Marx, Engels y Lenin sobre esta cuestión, de la base de un análisis dialéctico completo del proceso histórico y las condiciones materiales que han llevado a la creación y fortalecimiento de las comunidades sociales y el reemplazo de las comunidades inferiores, como los parentescos y tribus, con otras comunidades superiores, nacionalidades y naciones, J.V. Stalin realizó una definición científica de la nación:

«La nación es una comunidad permanente de personas formada históricamente que ha surgido sobre la base de la comunidad del idioma, territorio, vida económica y formación psicológica, que se manifiesta en la comunidad cultural». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Esta definición expresa las características más generales y los componentes principales de la nación. La negación de cada una de ellas y los intentos de añadir otros elementos no son más que una desviación abierta de la teoría marxista-leninista de la nación, esfuerzos en vano por encubrir y justificar la persecución de una política no proletaria en la cuestión nacional. Con sus puntos de vista y posiciones prácticas, los revisionistas yugoslavos se han opuesto abiertamente a la concepción y definición científica y materialista de la nación en todos sus aspectos. Tras levantarse contra el concepto marxista-leninista de Stalin sobre la nación y su definición científica, uno de los líderes titoístas y principales teóricos, Edvard Kardelj, se comprometió a hacer una «nueva» definición:

«La nación, como la concebimos actualmente, es un fenómeno histórico, socioeconómico y político-cultural que ha surgido a partir de condiciones definidas de la división social del trabajo». (Edvard Kardelj; El desarrollo de la cuestión nacional eslovena, 1977)

Como se ve, en esta definición Kardelj excluye, no involuntariamente, del contenido de la nación todo lo que caracteriza la esencia de la comunidad nacional. Distorsiona abiertamente el proceso histórico del surgimiento y la consolidación de las naciones, niega su rasgo más general que las caracteriza como comunidades permanentes de personas e ignora elementos tan determinantes como la comunidad del idioma, el territorio y vínculos económicos. Por supuesto, la definición de la nación de Kardelj no carece de propósitos. Es la conclusión de un voluminoso libro que, como dice el propio autor, fue escrito para aclarar y elaborar las bases teóricas del programa nacional de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY). Encontramos el espíritu antimarxista y anticientífico que impregna esta concepción de la nación de naciones que se encuentra en la base de las teorías de los revisionistas titoístas sobre la cuestión nacional y de la nación.

martes, 12 de diciembre de 2023

La historia, una cuestión ideológica y política, Bernard Peltier, 1990

«La guerra ideológica librada, en una escala hasta ahora desconocida, por la burguesía en los años posteriores a la gran convulsión de Mayo del 68, condujo a una terrible decadencia del marxismo en nuestro país. Pero una vez que hubo logrado −creía que de manera definitiva− imponer la idea de la quiebra de la doctrina de Marx, la burguesía no se dio por satisfecha y prosiguió su ofensiva encaminada a destruir todo pensamiento crítico.

Así, después de haber proclamado la muerte del marxismo, de la teoría de la revolución, ahora trata de decretar la supresión del concepto mismo de revolución. En su pretensión reaccionaria de «exorcizar» todo lo que amenace la perpetuación de su dominación de clase, la burguesía cree poder cerrar el círculo que mantiene al proletariado prisionero de su dictadura, presentando la idea del derrocamiento del orden social como una violencia ilegítima, la posibilidad de una ruptura radical en la marcha de la sociedad como un disparate, la revolución como una peligrosa ilusión.

Con este afán de erradicar para siempre la esperanza en el cambio, de invalidar el propio proceso revolucionario como etapa necesaria en el desarrollo de las sociedades, la historia se convierte en una cuestión ideológica y política imprescindible, ya que para la burguesía se trata de erradicar cualquier sentido de desarrollo histórico, negar cualquier perspectiva histórica, imponer al proletariado la idea de la fatalidad de su condición actual, condenar a las clases dominadas al estrecho horizonte de lo inmediato. Es esta gigantesca mentira que todos los medios de propaganda tratan de hacer pasar por verdad absoluta, en el espacio y en el tiempo. Por otra parte, para realizar su aspiración a una nueva vida, para inventar su propio futuro, el proletariado debe redescubrir su memoria, no solo −como le gustaría a la burguesía− de sus fracasos y derrotas, sino más bien de su misión histórica, que consiste precisamente en liberar a la humanidad de la explotación de clase.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Un pasado al que suscribirse: rol y métodos de la historia; Claire Pascal, 1990

 

«Un pasado al que suscribirse. Así planteó el problema la historiografía alemana sobre el lugar que debía dársele al nacionalsocialismo en la historia de Alemania. Este debate de los revisionistas alemanes es comparable a la ola de otro revisionismo que ataca la historia de la Unión Soviética y, en particular, a Stalin. Aquí se trata del objetivo contrario, ya que se quisiera obligar a los soviéticos a negar su propio pasado. Es necesario, asimismo, acercar estos intentos de debates que agitan los historiadores y otros intelectuales franceses en torno a la conmemoración de la Revolución Francesa. Si esta celebración, con gran pompa y muchos discursos, les permite hablar abundante y lujosamente de la Revolución, es para, a fin de cuentas, poder enterrar mejor el ideal revolucionario y así enterrar el futuro.

Este uso intenso y, curiosamente, simultáneo de las revisiones de la historia, juega un papel considerable en la lucha que los Estados burgueses libran contra la clase obrera. Muestra hasta qué punto la ciencia histórica y sus profesionales se han comprometido con el poder burgués, y lo han hecho durante varias décadas. Muestra en qué miseria intelectual han caído y también cuán grande es la preocupación de este poder y sus partidarios. La construcción oficial, «la interpretación dominante de la historia», es siempre un trabajo político e ideológico de legitimación de la clase en el poder. Es obra de estos «expertos en legitimación», que son los intelectuales reunidos en el poder burgués. Por eso las «verdades» que dicen querer descubrir e imponer pueden, en cierta medida, arrojar luz sobre los desafíos políticos y el estado de relaciones de clase actuales. La intensificación de las revisiones del pasado aparece como un signo particularmente revelador de la crisis en la que hoy se hunde cada vez más la burguesía y de los medios que está dispuesta a usar para imponer sus consecuencias en el mundo entero.

Pasar «por fin» la página de la Revolución Francesa, considerarse heredero del poder nazi, o negar el propio pasado revolucionario en la Unión Soviética, todo ello contribuye al mismo objetivo: aplastar el ideal y la voluntad revolucionaria, poner fin a toda revuelta, ensuciando las victorias del pasado y, al mismo tiempo, demostrar que «la bestia inmunda» está en cada uno de nosotros. Es haciéndonos pueblos «ahistóricos» que pretenden esclavizarnos hoy. Este evidente intento de disolver en el olvido los peligros del pasado, para protegerse de los futuros, representa un hermoso tributo al materialismo histórico. Si burgueses y revisionistas se ponen de acuerdo para reconstruir el pasado, es para impedir que descubramos en el movimiento histórico del modo de producción capitalista la necesidad de su caída. Asimismo, las revisiones de la historia son parte integral de la violencia permanente que los capitalistas y revisionistas mantienen para atrofiar nuestra conciencia, al igual que el «respeto a los grandes equilibrios» invocado constantemente para justificar el agravamiento de las desigualdades. 

miércoles, 19 de julio de 2023

Los marxistas-leninistas y las elecciones; L 'Empancipation, 1983

En relación con las próximas elecciones generales del 23 de julio de 2023, queremos dejarles el siguiente artículo publicado en su día en L'Emancipation. En él se puede observar cómo en 1983 el grupo marxista-leninista francés criticó la postura timorata y dubitativa del Partido Comunista de los Obreros de Francia (PCOF), el cual acabó pidiendo el voto por el bloque de alianza del Partido Socialista Francés (PSF) y el Partido Comunista Francés (PCF). En las anotaciones finales dejaremos al lector una serie de notas para entender ciertas cuestiones en su debido contexto, así como entender los paralelismos del fenómeno francés de aquellos días con otros escenarios y otras épocas. En resumen, se tratarán cuestiones como las siguientes: ¿cuándo tiene sentido el boicot o abstencionismo en unas elecciones?, ¿cuáles son las tareas verdaderamente urgentes cuando no existe un partido aglutinador? ¿por qué es necesario el análisis de la historia del movimiento revolucionario?, etcétera.

El documento:

«Con la llegada de las elecciones municipales, todo el mundo podía evaluar los veinte meses de gobierno de izquierda y constatar que la victoria del partido socialista y el revisionista [Nota de Bitácora (M-L): L’Emancipation se refiere aquí al Partido Comunista Francés (PCF), que mantuvo una coalición con el Partido Socialista Francés bajo el gobierno de Mitterrand de 1981] no había traído nada a los trabajadores, a ningún nivel. En estas condiciones, apoyar a los partidos de izquierda sólo puede ser resultado de una sumisión al chantaje que utilizan para convencer a los trabajadores de que «la derecha es peor que la izquierda». Durante mucho tiempo, la democracia burguesa ha estado difundiendo sus ilusiones jugando con la oposición derecha/izquierda. Es notable observar que el número de trabajadores que no muestran entusiasmo por este juego ilusorio crece constantemente. Esta «desmovilización» que lamentan los partidos de izquierda puede deberse al hecho de que estos mismos partidos buscan sólo salvar al capitalismo de la crisis. Los Jospin, Mermaz y Poperen −hermanos− lo repitieron como si sufrieran de psitacismo: el socialismo no está en el orden del día. Los revisionistas, que sin embargo proclamaron en sus últimos congresos la vigencia del socialismo, pretenden hoy gestionar los asuntos de un país capitalista... ¡pues así lo ha decidido la mayoría de los franceses! En la bancada de la extrema izquierda, un tal Lipietz pontifica sobre la necesidad de mejorar las relaciones de producción capitalistas para acelerar la llegada del socialismo. Todo está claro sobre este punto en los discursos de nuestros políticos de izquierda: la hora del socialismo no ha llegado −ni siquiera a través de reformas−.

Es difícil pedir a los trabajadores que se movilicen para salvar el capitalismo. Pero la astucia, por así decirlo, de socialistas y revisionistas, consiste en presentar la mejora de la suerte de los trabajadores como una solución parcial o incluso como la solución definitiva a las crisis del capitalismo: el viejo precepto socialdemócrata de la colaboración entre clases. Sin embargo, los trabajadores tampoco muestran un especial entusiasmo por esta «apuesta económica». En el pasado ha sucedido que, como resultado de una encarnizada lucha de clases, se arrancaron a la burguesía concesiones que mejoraron las condiciones laborales en materia de jornada laboral, vacaciones pagadas, salarios, derechos sindicales... el gobierno de izquierda pretende situar su actividad en la continuidad de estas reformas.

Pero, ¿de qué reformas se tratan? Los socialistas y revisionistas no ocultan el hecho de que los capitalistas conservan el «poder económico». ¡Ciertamente! En este contexto, unas reformas pueden o bien ser resultado de concesiones arrebatadas a los capitalistas, o bien «satisfacer directamente las demandas de la burguesía». Las primeras pueden mejorar momentáneamente la situación de los trabajadores y permitir un progreso del movimiento obrero, aunque estén limitadas por el hecho de que éstas no cuestionan las relaciones capitalistas de producción. Las segundas representan una regresión, un atentado a los derechos anteriormente conquistados por la clase obrera. Los partidos de izquierda tienen reputación de aplicar las primeras, las segundas son atribuidas a la derecha. Con el fin de evaluar correctamente la situación política actual, y de definir claramente nuestra posición frente a los partidos de izquierda, es necesario conocer a qué tipo pertenecen las reformas implementadas desde mayo de 1981.

Es fácil ver que todas estas reformas, en todos sus aspectos, benefician directamente al gran capital. No vivimos un período de auge del movimiento obrero y revolucionario donde la burguesía, para frenar la ola, cedería en ciertos puntos. Estamos en un período de reflujo y desconcierto, de parálisis del movimiento obrero, de dispersión del movimiento revolucionario, una situación que la burguesía aprovecha con la esperanza de neutralizar definitivamente al proletariado, anticipándose a los oscuros días que el capitalismo aguarda. La izquierda está en el poder para cumplir esto y nada más: es por eso por lo que cada acto suyo, cada palabra suya, lleva el sello de la peor reacción. Hemos mostrado varias veces, en estas columnas, cómo las reformas implementadas por la izquierda fueron profundamente antiobreras, dejando más posibilidades a los capitalistas de explotar a los trabajadores, de dejarlos en la calle cuando les plazca, de aumentar la fracción de la plusvalía… Solamente la dura lucha, llevada a cabo en difíciles condiciones de aislamiento y en oposición a las confederaciones sindicales, ha permitido a determinadas categorías de trabajadores poder preservar el poder adquisitivo de sus salarios. El desempleo no ha disminuido, aunque se han hecho esfuerzos considerables para reducir las estadísticas oficiales, expulsando brutalmente a los trabajadores de la actividad con el pretexto de la «jubilación anticipada» o de la «jubilación a los 60», o inscribiendo a cientos de miles de jóvenes desempleados en falsos cursillos de formación.

Para financiar esta expulsión de millones de trabajadores de la actividad laboral, se sustrae cada vez más, directa o indirectamente, del salario de quien tiene un trabajo. De esta forma, por el simple hecho del desempleo actual, los ingresos de la masa de trabajadores, tengan o no trabajo, estén en activo o en «jubilación anticipada», han disminuido, arrojando a la pobreza a cientos de miles de familias. ¿Qué milagrosa solución recomienda la izquierda para afrontar esta tragedia? «Trabajo compartido», es decir, la transformación de cada trabajador en parcialmente desempleado. Según el gobierno socialista-revisionista, el empleo remunerado a tiempo completo ya no es un derecho, sino un privilegio. ¿Puede calificarse esta política de otra cosa que no sea reaccionaria? Por otra parte, no se hizo nada para limitar los despidos, que se han multiplicado, incluso en los sectores que el programa de izquierda pretendía desarrollar, como la industria del carbón. La reciente gran huelga en Carmaux solo pudo limitar el daño.

Para romper la resistencia de los trabajadores, la izquierda ha incitado el odio racial contra los trabajadores inmigrantes. ¿A quién encontramos hoy en el poder? A miembros del Partido Comunista Francés (PCF), un partido revisionista que no duda en lanzar sus perros de presa contra los africanos, ministros socialistas −como Defferre o Auroux− que hacen declaraciones abiertamente racistas contra los inmigrantes. Mientras la policía continúa luciéndose con ataques y crímenes racistas, el poder social-revisionista sigue reclutando para fichar a millones de «sospechosos». Una política tal que así… ¿es algo distinto a una política reaccionaria? El ataque a los salarios, para bajarlos, ha sido el más claro y característico del momento. En un primer momento, bajo la ordenanza sobre el trabajo a tiempo parcial, el gobierno buscó reducir los salarios en un 2,5%. Luego se bloquearon los salarios. En 1982, el poder adquisitivo de la mayoría de los trabajadores disminuyó. Estos ataques continuarán, porque son parte de la lógica del desarrollo actual del capitalismo, como lo demuestra el «plan de austeridad» adoptado al día siguiente de las elecciones municipales. Algunos esperaban que un «progreso social» acompañe las medidas de austeridad en forma de «medidas sociales», Delors aseguró que la «austeridad» se aplicará mucho más allá de este año.

miércoles, 4 de enero de 2023

Baldomero Espartero; Karl Marx, 1854

«Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que precisamente cuando el pueblo parece estar a punto de dar un gran salto y de abrir una nueva era, se deja arrastrar por las ilusiones del pasado y deja todo el poder e influencia, que tan costosamente ha conseguido, en manos de hombres que representan, o se supone que representan, el movimiento popular de una época pasada. Espartero es uno de esos hombres tradicionales a los que el pueblo está acostumbrado a llevar a hombros en momentos de crisis social y de los que después, al igual que del perverso viejo que rodeaba obstinadamente con sus piernas el cuello de Simbad el Marino, es difícil librarse.

Preguntad a un español de la llamada escuela progresista cuál es el valor político de Espartero y os responderá enseguida que «Espartero representa la unidad del gran partido liberal, Espartero es popular debido a que ha salido del pueblo; su popularidad opera exclusivamente en favor de la causa de los progresistas». Es cierto que Espartero es hijo de un artesano y que se ha encaramado hasta convertirse en regente de España; lo es también que, tras ingresar en el ejército como soldado raso, lo abandonó como mariscal de campo. Pero si él es el símbolo de la unidad del gran partido liberal, sólo puede serlo de aquel punto indiferente de unidad en el que los extremos se neutralizan. Por lo que hace a la popularidad de los progresistas, no exageramos si decimos que la perdieron en el momento en que la transfirieron de la masa del partido a este individuo singular. 

No necesitamos más prueba del carácter ambiguo y excepcional de la grandeza de Espartero que el simple hecho de que, hasta ahora, nadie ha sido capaz de justificarla. Mientras sus amigos se refugian en generalidades alegóricas, sus enemigos, aludiendo a un rasgo extraño de su vida privada, declaran que es un jugador afortunado. De manera que ambos, amigos y enemigos, tienen iguales dificultades para descubrir alguna relación lógica entre el hombre tal cual es y su fama y renombre. 

Los méritos militares de Espartero son tan discutidos como indiscutibles son sus defectos políticos. En una gruesa biografía, escrita por el señor Flórez, insiste mucho en sus hazañas militares y su actuación de general, exhibidas en las provincias de Charcas, La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde luchó a las órdenes del general Morillo, encargado entonces de someter los estados suramericanos a la autoridad de la corona española. Pero la impresión general que producen sus proezas guerreras en tierras suramericanas sobre la excitable mente de sus paisanos queda suficientemente caracterizada con su designación como jefe del ayacuchismo y al de sus partidarios como ayacuchos, aludiendo a la desgraciada batalla de Ayacucho, en la que España perdió definitivamente Perú y Suramérica. En todo caso, es un héroe muy fuera de lo común, un héroe cuyo bautismo histórico data de una derrota, en vez de una victoria. En los siete años de guerra contra los carlistas, nunca se distinguió por uno de esos golpes de audacia por los que Narváez, su rival, fue pronto conocido como un soldado de nervios de acero. Poseía, sin duda, el don de sacar el mayor provecho posible de pequeños triunfos, pero fue pura suerte que Maroto le entregara las últimas fuerzas del Pretendiente, mientras que el levantamiento de Cabrera en 1840 no fue más que un póstumo intento de galvanizar los huesos sin vida del carlismo. El mismo señor Marliani, uno de los admiradores de Espartero e historiador de la España moderna, no puede menos de confesar que esa guerra de siete años no es comparable más que con las riñas sostenidas en el siglo X entre los pequeños señores de las Galias, en las que el éxito no era resultado de una victoria. Por otra fatalidad, resulta que, de todas las proezas peninsulares de Espartero, la que causó una impresión más viva en la memoria pública fue, si no exactamente una derrota, sí al menos una acción singularmente extraña en un héroe de la libertad: Espartero se hizo célebre como bombardeador de ciudades, de Barcelona y Sevilla. Si, como dice un escritor, los españoles quisieran pintar a Espartero como Marte, veríamos a este dios en forma de ariete. 

martes, 1 de febrero de 2022

Carácter popular y realismo; Bertolt Brecht, 1938

«Si se quieren fijar lemas para la literatura alemana contemporánea conviene tener en cuenta que lo que pretende reivindicar, el derecho de llamarse literatura, sólo puede imprimirse exclusivamente en extranjero y leerse casi exclusivamente en el extranjero. El lema carácter popular para la literatura adquiere de esta forma una nota singular. El escritor debe escribir para un pueblo con el cual no vive sin embargo considerándolo más de cerca, la distancia del escritor con respecto al pueblo no es tan grande como se pudiera creer. La estética dominante, el precio de los libros y la policía han puesto siempre una distancia considerable entre escritor y pueblo. A pesar de ello, sería injusto, esto es, no realista, considerar el aumento de la distancia sólo «externamente». Se requieren sin duda alguna esfuerzos especiales para escribir hoy de forma popular. Por otro lado, se ha hecho más fácil, más fácil y más imperioso. El pueblo se ha separado más claramente de sus clases directoras, sus opresores y explotadores se han salido de él y se han embarcado en una lucha con él ya de alcance inapreciable, sangrienta. Se ha hecho más fácil tomar partido. Entre él «público» ha estallado una batalla, por decirlo así.

Tampoco se puede pasar por alto la exigencia de una forma de escribir realista. Se ha convertido ya en algo que se da por sobreentendido. Las clases dominantes se sirven más que antes de la mentira y de una mentira más abultada. Decir la verdad aparece como una tarea cada vez más imperiosa. Los males han aumentado y el número de los afligidos es mayor. A la vista de los grandes males de las masas, el tratamiento de pequeñas dificultades de grupos pequeños produce una sensación de ridículo, de desprecio.

Contra la barbarie creciente sólo hay un aliado: el pueblo, que tanto sufre bajo ella. Sólo de él puede esperarse algo. Por tanto, es lógico dirigirse al pueblo y, más necesario que nunca, hablar su lenguaje.

Así coinciden, de forma natural, los lemas carácter popular y realismo. Es de interés para el pueblo, para las amplias masas obreras, obtener de la literatura imágenes de la vida fieles a la realidad, y las imágenes de la vida fieles a la realidad sirven, en realidad, únicamente al pueblo, a las amplias masas obreras, y deben ser, por tanto, absolutamente comprensibles y provechosas para ellas, populares, por tanto. No obstante, estos conceptos deben ser depurados a fondo antes de confeccionar frases, en las cuales se utilizan y mezclan. 

Sería un error considerar estos conceptos totalmente depurados, carentes de historia, no comprometidos, unívocos −«todos sabemos muy bien lo que se quiere decir con ellos, no sutilicemos»−. 

martes, 8 de junio de 2021

Notas para la escuela del partido; Elena Ódena; 1981


«A. Generalidades sobre la ideología y la base teórica del Partido

La ideología de todo Partido Comunista –marxista-leninista– es el marxismo-leninismo, cuya base teórica es el materialismo dialéctico y el materialismo histórico.

No vamos a estudiar aquí a fondo los distintos aspectos de nuestra teoría, ya que hay un tema dedicado a ello. Sólo plantearemos las siguientes definiciones generales para que nos sirvan de punto de orientación y referencia al estudiar el papel histórico del Partido, el trabajo de organización y su funcionamiento orgánico.

Sobre el materialismo dialéctico

Lenin define la «dialéctica», como:

«El estudio, en sentido estricto, de las contradicciones contenidas en la misma esencia de los objetos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Cuadernos Filosóficos, 1915)

El materialismo dialéctico es la concepción filosófica del Partido marxista-leninista. Es la única concepción científica del mundo, que no sólo interpreta el mundo y sus fenómenos, sino que se plantea cómo transformarlo. Es la brújula que muestra al proletariado y a las masas oprimidas el camino de la lucha, la salida de la esclavitud en que los pueblos han vivido y viven desde hace siglos.

Así, en su genial obra sobre el «Materialismo dialéctico y el materialismo histórico», Stalin dice:

«Llámase materialismo dialéctico porque su modo de abordar los fenómenos de la naturaleza, su método de estudiar estos fenómenos y de concebirlos, es dialéctico, y su interpretación de los fenómenos de la naturaleza su modo de enfocarlos, su teoría, materialista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Materialismo dialéctico y materialismo histórico, 1938)

Y con relación al materialismo histórico, Stalin dice:

«El materialismo histórico es la aplicación de los principios del materialismo dialéctico al estudio de la vida de la sociedad, al estudio de ésta y de su historia. La dialéctica es lo contrario de la metafísica». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Materialismo dialéctico y materialismo histórico, 1938)

La dialéctica es lo contrario de la metafísica

La dialéctica de Hegel fue la primera en presentar el mundo como un proceso. Pero Hegel era idealista. La base de todo lo existente lo veía en el desarrollo espontáneo de una idea absoluta, existente ya antes en la naturaleza y del hombre. El proceso del pensamiento era para Hegel el creador de lo real.

Por el contrario para Marx, lo ideal no es más que lo material traspuesto e interpretado por el cerebro del ser humano, es decir, Marx parte del principio materialista de que sin materia pensante –el cerebro– no puede concebirse la idea. Marx y Engels, liberaron así a la dialéctica hegeliana de su caparazón idealista, creando la dialéctica materialista, que más tarde fue desarrollada en su aplicación a las leyes de la sociedad por Lenin y Stalin.

miércoles, 29 de abril de 2020

Entrevista con el escritor inglés H. G. Wells; Stalin, 1934


«Wells: Le estoy muy agradecido, Sr. Stalin, por darme la oportunidad de conversar con Ud. Hace poco estuve en los Estados Unidos. Tuve una larga entrevista con el presidente Roosevelt, y en ella traté de averiguar, por cuáles ideas se deja guiar él. Ahora vengo con Ud. para preguntarle, qué hace para cambiar el mundo.

Stalin: No tanto.

Wells: Viajo por el mundo como hombre sencillo, y como hombre sencillo observo lo que sucede a mi alrededor.

Stalin: Hombres de la vida pública de su importancia, no son «gente sencilla». Naturalmente, sólo la historia pronuncia el juicio definitivo acerca de la importancia que tal o cual hombre haya tenido efectivamente; pero en todo caso, Ud. no contempla el mundo con los ojos del «hombre sencillo».

martes, 17 de marzo de 2020

La organización del partido y la literatura del partido; Lenin, 1905


«Las nuevas condiciones que para la labor socialdemócrata se han dado en   Rusia después de la Revolución de Octubre, han puesto en la orden del  día la cuestión de la literatura del partido. La diferencia entre prensa legal   y prensa ilegal, esa triste herencia de la época de servidumbre en la Rusia  autocrática, comienza a desaparecer. Pero aún está muy lejos de haber  desaparecido. El hipócrita gobierno de nuestro Primer Ministro campea aún por sus cabales a tal punto que Izvestia Sovieta Rabochij Dieputátov se imprime «ilegalmente», pero, fuera del baldón que ello significa para nuestro gobierno, fuera del nuevo golpe moral que con ello recibe, nada resulta de las estúpidas tentativas del gobierno de «prohibir» aquello que ni siquiera está en condiciones de impedir. Cuando existía la diferencia entre prensa ilegal y prensa legal, la cuestión de la prensa de partido y prensa no partidista se resolvía de manera muy simple, pero también muy falsa y deformada. Toda la prensa ilegal era de partido, su edición corría por cuenta de las organizaciones y su distribución la hacían los grupos ligados, de un modo u otro, a los grupos de militantes prácticos del partido. Toda la prensa legal era no partidista –dado que el partidismo estaba proscrito–, pero «tendía» hacia éste o aquel partido. Como resultado de ello se daban los casos inevitables de asociaciones deformadas, de «convivencias» anormales, de falsos rótulos; las obligadas reticencias a las que debían recurrir los hombres que deseaban expresar los puntos de vista partidistas, se mezclaban con la incapacidad de profundizar o la cobardía de pensamiento de aquellos que no habían llegado a la altura de esos puntos de vista, de aquellos que, en el fondo, no eran hombres de partido.

miércoles, 26 de febrero de 2020

El Partido del Trabajo de Albania sobre el tratamiento y la correcta solución de las contradicciones en la sociedad socialista; Ismail Lleshi, 1984

Ya vimos en otras ediciones los análisis de los marxista-leninistas albaneses sobre el correcto o erróneo trato de las contradicciones en la sociedad socialista. Véase la obra de Foto Çami: «Contradicciones, clases y lucha de clases en el socialismo» de 1980, o la obra de Jorgji Sota: «Sobre la dictadura del proletariado y la lucha de clases en Albania» de 1983. Esta obra es otra pieza más al mural de grandes análisis realizado por los eruditos albaneses.

El autor Vasillaq Kureta fue un reputado filósofo marxista-leninista que destapó durante décadas las taras de los esquemas filosóficos de las principales corrientes del revisionismo moderno. Puede verse sus famosas críticas al revisionismo soviético en su obra: «Distorsiones de los revisionistas soviéticos en el campo de la filosofía» de 1981, o la obra de Vasillaq Kureta: «Las concepciones antimarxistas de los revisionistas soviéticos sobre el problema de las contradicciones en el socialismo» de 1989.

El valor de este tipo de obras filosóficas es incalculable y no ha sido apreciado en su justa medida por los marxista-leninistas de nuestros días, y esto es normal, porque la mayoría de los autodenominados «marxista-leninistas», incluyendo en el saco a los que dicen ser críticos con el jruschovismo-brezhnevismo, en realidad se han estado formando exclusivamente en manuales de filosofía del revisionismo soviético, y lo que es realmente el problema: sin criticismo alguno.

Las críticas en el campo filosófico que se vierten en el documento sobre el revisionismo soviético vuelve a demostrar que en el Partido del Trabajo de Albania siguió albergando grandes teóricos tras la muerte de Enver Hoxha en 1985. Pero también demuestra que teniendo este precioso legado teórico-práctico los cuadros albaneses del partido descuidaron las advertencias de Enver Hoxha y el PTA de años anteriores sobre el peligro de restauración capitalista, bien porque algunos viendo estos análisis creyeron estar ya inmunizados ante el peligro del revisionismo, o bien porque otros lo aceptaban formalmente de buen grado pero jamás llegaron a comprenderlos y aplicarlos. Algo imperdonable. 

Prueba que pese al lento y gradual proceso de falta de vigilancia y de pérdida del espíritu revolucionario en el PTA existían aún verdaderos análisis marxista-leninistas en lo internacional, ello pese a los errores en materia de política exterior que el gobierno de Ramiz Alia cuando comenzó a conciliar abiertamente en lo ideológico con los regímenes imperialistas y revisionistas, lo cual hace más meritorio estos análisis. Estos fenómenos negativos lejos de ser denunciados por el resto de partidos marxista-leninistas como una señal de alerta, como el posible el germen de un posible proceso de degeneración interno, fueron ignorados o aplaudidos por mero seguidismo, ya que también la mayoría de partidos marxista-leninistas habían generado a mediados de los 80. Aún así es importante apuntar que que a diferencia del rápido cambio de rumbo práctico y de discurso de los jruschovistas en la URSS, en el caso de Albania el revisionista emboscado Ramiz Alia no salió tan abiertamente de su cueva, en cuestiones como: la valoración negativa del legado de Stalin y Hoxha, la petición de créditos, la descolectivización, la adhesión al FMI, la distensión con las superpotencias, el pluralismo de partidos, teorizar sobre una economía descentralizada, la composición social del partido de intelectuales, la rentabilidad como principio rector de las empresas, cuestiones que solamente fueron enunciadas abiertamente en 1990. Durante los años anteriores o bien había cumplido con los axiomas básicos del marxismo-leninismo o los había enunciado en la teoría para pisotearlos en la práctica. Esto explica la dificultad de detectar para los marxista-leninistas albaneses y del mundo este proceso regresivo, aunque no justifica que no supiesen reaccionar desde los primeros síntomas teniendo como decíamos tantos análisis y reflexiones sobre los procesos de restauración capitalista en otros países.

De todos modos, recomendamos al lector que lea nuestro extenso análisis sobre la degeneración del socialismo albanés en el capítulo: «El PCE (m-l) y la cuestión albanesa» de 2019.

Estos análisis de los albaneses, beben de los análisis que ya esgrimieron los filósofos soviéticos en época de Stalin:

«La sociedad socialista no conoce contradicciones antagónicas, ya que en su seno no existen clases explotadas y clases explotadoras. Contradicciones antagónicas sólo existen entre la URSS, país que construye el socialismo , y el cerco capitalista; así como entre el Estado socialista y los restos de las destruidas clases enemigas que el cerco capitalista alimenta y sostiene dentro de la URSS». (Mark Moisevich Rosental; El método dialéctico marxista, 1946)

Esto se explica mucho más extensamente en el olvidado manual de «Materialismo histórico» de 1950.

Es evidente la coincidencia entre los marxista-leninistas soviéticos y los albaneses en que ambos reconocían que las contradicciones antagónicas no son propias ni producto del socialismo, sino herencia del régimen anterior –en lo interno– y la influencia del cerco capitalista –en lo externo– hacia la sociedad socialista. Ciertamente los albaneses después de la restauración del capitalismo en la URSS insistían mucho además en la posibilidad de la conversión de las contradicciones no antagónicas en antagónicas –como no podía ser de otra manera–. Pero esto jamás fue descartado en los marxista-leninistas soviéticos en sus trabajos teóricos como demuestran diversos textos sino que en la praxis, captaban perfectamente cuando las contradicciones se tornaban en antagónicas; de ese modo, cuando el desviacionista se convertía en un infractor que ponía en peligro al sistema no había miramientos –véase la reintroducción de la pena de muerte en el Caso de Leningrado de 1949–. Esto refuta la tendenciosa manipulación de los maoístas que critican a los marxista-leninsitas soviéticos insinuando que eran tan necios como para creer que no había posibilidad de restauración del socialismo. Pero Stalin era plenamente consciente de esto, y sus obras tanto oficiales como no oficiales así lo corroboran –otra cosa es que la mayoría desconozca tales textos–. Véase nuestra obra: «Mentiras y calumnias de la historiografía burguesa-revisionista de Mao Zedong y el revisionismo chino sobre Stalin» de 2014.

[Como apunte final... decir que el responsable de la traducción del presente texto fue «Tiempos Rojos», un medio que en su momento contó con grandes materiales sobre la historia del marxismo-leninismo. Este y otros como «Crítica marxista-leninista» llevaron a cabo varias traducciones de gran valor sobre los comunistas albaneses que sin duda recomendamos. Pero no podemos pasar por alto que desde el principio contaban con materiales y comentarios entre algunos de sus redactores, como Thiago R, que evidenciaban ser afines a la teoría oportunista de «superar la nefasta polémica entre Mao y Hoxha», tratando de «recuperar el carácter revolucionario de Mao». Esto demostraba, como ya manifestamos en varias ocasiones, que estos autores pese a tener una gran biblioteca en sus manos no comprendían nada de las obras de los albaneses que tenían entre manos. Ninguno de estos medios se caracterizaron por tener análisis propios ni tampoco muy extensos, pero al menos cumplían un papel positivo en cuanto a recuperación de documentación. Poco después ambos sucumbieron, según confesaron algunos de sus miembros, por trifulcas y escisiones entre maoístas y antimaoístas. Lo que demuestra una vez más que el eclecticismo y las medias tintas contra el revisionismo solo conducen al cinismo y al fracaso.]

El documento:


«Algunas de las cuestiones más fundamentales concernientes al problema de las contradicciones en la sociedad socialista han cobrado una particular importancia en el proceso de lucha entre el marxismo-leninismo y el revisionismo, debido a que diversas variantes del revisionismo moderno especulan en torno al problema de las contradicciones en el socialismo.

El Partido del Trabajo de Albania (PTA) se ha atenido consecuentemente en toda su actividad revolucionaria a la tesis científica marxista-leninista de que las contradicciones existen en todo lugar y en cada aspecto de la vida social, en la esfera productiva material y espiritual, de que la ley dialéctica del desarrollo por medio de la lucha de contrarios, en tanto que ley universal, actúa también en la sociedad, de que, también aquí, sin lucha por la superación de las contradicciones, su desarrollo seria imposible.